LA REPÚBLICA IBÉRICA

Este texto del casi desconocido Jesús Lozano,tomado del Anuario Republicano Federal de 1870, publicación del Partido Republicano Federal, recoge una vieja aspiración del republicanismo español: la unidad ibérica.

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Desde el alto observatorio de la historia vemos las constantes conmociones de la sociedad, ese movimiento borrascoso de los pueblos en las luchas de la ambición, y ese flujo y reflujo de la ignorancia después de la ciencia, y de la ciencia después de la ignorancia.

Las civilizaciones se suceden, y pasan unas tras otras con la bandera de su nacionalidad.

En los tiempos de barbarie, el hombre se hacía dueño del hombre por la superioridad de la fuerza; más tarde, los pueblos se apoderan de los pueblos por el falso derecho de conquista; los ejércitos de diferentes razas, vestidos de distintos colores, luchan, se rozan, se confunden y se mezclan las nacionalidades, se cambian las costumbres, los vencidos toman de los vencedores lo que creen más conveniente, los vencedores de los vencidos lo que bien les parece, y en este incesante movimiento se cumple una ley precisa de la sociedad: la ley del progreso.

La infancia de la sociedad, como la infancia del hombre, fue ignorante.

Nace el primero con las condiciones propias al ser humano: encuéntrase rodeado por las grandes maravillas de la naturaleza; encima una bóveda celeste tachonada de brillantes luminares; a sus pies la verde alfombra matizada de flores; allá la inmensidad de las aguas; en otro lado las gélidas montañas de Siberia; acullá las soberbias llamaradas del Popocatepelc; ve a la luz que nace y que después se esconde, y a los reptiles que se arrastran, a los peces que nadan, a las aves que vuelan; se sorprende ante esta marcha majestuosa del Universo, y piensa.

Conserva en su memoria los fenómenos que pudo ver en aquella máquina grandiosa. Busca, como ser comunicativo, a quien hacer partícipe de sus observaciones, y lo encuentra al fin en los seres más inmediatos a él; en la familia.

Su imaginación compara, y después discurre. El resultado de sus estudios lo enseña a sus hijos.
Así los primeros padres fueron los primeros sabios y los primeros maestros.

La familia se multiplica y la sociedad acrece.

Fueron más los observadores, más los estudiosos; progresó la ciencia, pero las observaciones de nuestros primeros padres fueron la base de la ciencia.

Y comenzaron las emulaciones, y con emulaciones la ambición y las disidencias de los hermanos en las familias. El padre castigó las faltas de sus hijos, y les impuso la ley de su razón, armonizándolos en la igualdad y en la fraternidad.

Por eso la familia fue la primera república, y nuestros primeros padres los primeros legisladores.
Con las familias se formaron los pueblos, y con los pueblos las naciones.

Las mismas causas produjeron las disidencias entre unos y otros; las leyes de la familia se extendieron a los pueblos, y las de los pueblos a las naciones. Los padres eran los jefes naturales en las familias; se establecieron jefes para los pueblos, y los pueblos dieron jefes a las naciones.

Así fue la primera federación, estableciéndose la unidad de la nación en la variedad de los pueblos; la unidad de los pueblos en la variedad de las familias, y la unidad de la familia en la variedad de los individuos.

Por eso el hombre es la primera unidad de la familia, la primera unidad del estado, la primera unidad de la nación, la primera unidad del mundo.

Por eso el hombre, que representa dentro del sistema federativo la unidad del estado, es autónomo, libre, soberano, como lo es el pueblo, como lo es la nación dentro de sí propia, y como soberano, dentro de sí, no puede ofender ni mermar la soberanía de los demás, que es igual a la suya.

Así el hombre no puede restringir ni legislar sobre los derechos naturales y propios de los demás, como España, por ejemplo, no puede imponer sus leyes ni su gobierno a otra nación libre.

Crecían las familias, y con las familias los pueblos, y con los pueblos las naciones, y al paso que se realizaba el progreso de la humanidad, sucedía el progreso de la civilización.

La patria de Ulises y de Sócrates fue la primera en buscar perfeccionamiento a este progreso.

La razón se proclamó señora de la culta Atenas, y ansiosa buscó la mejor forma de sociabilidad.
Allí se plantearon todos los sistemas políticos, filosóficos y económicos; pero en vano se buscó la fórmula de la perfectibilidad social, porque esta había de nacer después de las grandes catástrofes de los pueblos y del desprestigio de los poderes personales, porque en todas las instituciones, en todas las sociedades hay el bien y el mal, principios inherentes, no sólo a la humanidad, sino eternos en el universo.

El bien y el mal constituyen en sí la vida relativa de todos los seres, la lucha continua de los diversos elementos, la eterna fatiga de la composición y de la descomposición.

El ser luchando por conservar su existencia, y los centros de atracción que le rodean pugnando por destruírsela, es la causa del bien y del mal, de todas las pasiones, de todo el movimiento físico y moral del universo.

Por eso de los gobiernos primitivos, informes y sin ley, nació la monarquía de Grecia; la monarquía, desahuciada por su injusta existencia, entregó la corona a la aristocracia; la aristocracia perdió su cetro, porque el pueblo, en uso de su derecho y su soberanía, se lo arrebató, y pronto Pisistrato se hizo dueño del poder, abusando de la cándida inconsciencia de Solón.

La lucha entre el pueblo y los poderes personales no ha dejado de existir.
El primero ama la libertad por instinto, porque nace con la conciencia de sus derechos naturales.

Los reyes y sus adictos quieren la opresión, porque en todas las épocas, en todos los países, sólo por medio de la opresión han podido dominar.

Donde hay reyes hay esclavos, y donde estos existen no puede haber libertad civil.

El terror y el fanatismo sirven de pedestal a los tronos, y de ese foco de corrupción y de miseria brotan las sombras que trastornan la máquina del progreso en la civilización, y se consideran leyes y actos de justicia las violaciones del derecho público, y se pasa a cuchillo a los que se cogen con las armas en la mano en defensa de la libertad; se prende y se persigue, como se asesinaron a los embajadores de Jerjes y como Temístocles mandó cortar la cabeza de tres mancebos para vencer en Salemina; y se agarrota a Moreno y a Ruiz, porque eran enemigos del trono de Isabel de Borbón, y como el Papa decreta los asesinatos sagrados en Castelfilardo y San Gottardo contra los que condenaban el poder de la teocracia, y como el gobierno, que abrazaba la esperanza de reclinarse sobre un trono lleno de podredumbre, consintió y apadrinó los asesinatos bandálicos de Guillen, Carvajal y Bohorguez, y ametralló a las ciudades libres, porque condenaban las crueldades e injusticias que servían de base a tan malévola esperanza.

Así hemos visto cómo los reyes y los emperadores han dispuesto a su antojo de la libertad y autonomía de los pueblos; vimos a Emerita Augusta, capital de la Lusitania, convertida hoy en la modesta ciudad de Mérida, conservando como prenda de sus tradicionales recuerdos los cimientos de sus acueductos, la forma de sus circos y las colosales muestras de sus arcos; a Roma, capital del mundo, en una provincia italiana; a Polonia, madre patria de la libertad, cuna de los héroes de la independencia y de la soberanía del pueblo, repartida en jirones entre los emperadores que la robaron con criminales conquistas, y a Portugal, parte integrante de España, como España lo es de Portugal, esclavizado bajo el yugo de una monarquía.

La sociedad es una, una es la familia; pero si los hombres que aman la libertad de su patria y la independencia de sus naciones no pueden consentir la división de ellas para disponer de los pueblos como una propiedad absoluta, menos podemos consentir que los pueblos que unió la misma naturaleza sean separados por la mano caprichosa del hombre.

En las 130 leguas de frontera que hay entre España y Portugal, no hay una montaña, ni un brazo de mar, ni un río que con su constante curso separe a las dos naciones.

Por un lado, una costa exterior de las riberas del Miño; por otros, la del humilde Caya; más allá las del Guadiana, y en su mayor parte una línea imaginaria de Norte a Sur, determinada en el mapa, pero que no sienten los pies humanos ni la divisa el ojo más perspicaz sobre el terreno: estas son las grandes barreras que separan a los dos reinos.

Las mismas costumbres, las mismas religiones, los mismos vicios de gobierno, el mismo carácter, el mismo idioma, el mismo cielo, la misma naturaleza, en fin, hay en Portugal que en España. La Iberia es una.

Pero Alfonso VI, rey, señor y dueño de Castilla, tuvo a bien regalar a Portugal a Enrique de Borgoña, príncipe francés, a título de condado, en premio de sus servicios.

¡Como si los pueblos fueran propiedad de los soberanos! ¡Como si Portugal hubiera sido un diamante de la corona de aquel rey pretencioso, que pudiera disponer de él para trasmitir su propiedad a otro hombre!

Desde entonces Portugal no dejó de ser juguete de los reyes, apoderándose de sus glorias y sus conquistas, y disponiendo de su propiedad.

Y para colmo de su desgracia, tuvo un Juan III, símil de nuestro Carlos II, que elevó el poder teocrático sobre su misma corona, introduciendo la Inquisición en 1526, quien, excusado es decirlo, desde aquella época fue el tirano y el pueblo su humilde esclavo.

Así es como pudo venir la corona de Portugal a manos del estúpido Felipe II de España, hasta que avergonzados los portugueses de tal abyección, se revolucionaron, proclamando su independencia y colocando en el trono a Juan IV, primer rey de la casa de Braganza, que hoy gobierna en aquel país.

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Ya hemos conocido el resultado de la unidad ibérica bajo el peso de una corona.

La ambición y el despotismo de los reyes buscan, no la unión fraternal de los pueblos para darles libertad, sino la extensión de su dominio, la dilatación de su propiedad, más garantías de su corona, más firmeza en su despotismo, más campo a sus iniquidades y su orgullo.

Los españoles no podemos querer la unidad ibérica bajo la forma monárquica, como los portugueses no la desean mientras haya coronas.

En este país sabemos ya el defecto de las monarquías, y en el palacio de Oriente, como en el alcázar de Ajuda, se ha tratado al pueblo como esclavo de la corona.

Una serie no interrumpida de serviles palaciegos han dominado desde hace muchos años en las dos naciones. Todos han ofrecido libertad, y han producido esclavitud: ¡Narvaez! ¡O’Donnell! ¡González Bravo! ¡Prim! en España, ¡Loulé! ¡Fontes! ¡Vizeu! ¡Saldanha! en Portugal.

En España, desde Narvaez, que representaba el imperio personal, O’Donnell, el último golpe a las libertades y la deshonra de la nación en Santo Domingo, hasta el general Prim, que disponía a su arbitrio de las leyes y de las autoridades con el cinismo político más escandaloso.

En Portugal, desde Loulé, que representa el imperio personal hace quince años, y Saldanha la desmoralización, hasta Vizeu, deshonra de la nación en la expedición de Zambeia, y último dictador en el actual ministerio.

Iguales son nuestras antiguas glorias. Si hubo en España hombres que llevaran la bandera nacional a un Nuevo Mundo con Cristóbal Colón, Pizarro y Hernán Cortés, no faltó en Portugal quien llevara las naves portuguesas a Madera, las Azores, Congo y Buena Esperanza, y un Vasco de Gama que penetrara en las regiones desconocidas del Brasil, las Molucas y las Indias Orientales.

Si hubo un Miguel de Cervantes y un Lope de Vega en nuestra tierra, también hubo un Camoens y un Almeida en Portugal.

Son dos pueblos hermanos, dos pueblos que se aman mutuamente, que no pueden separarse; pero como los dos han venido sufriendo bajo la tiranía de sus respectivos tronos corrompidos, los dos quieren salvarse de la opresión, y no pueden consentir la unidad ibérica para que cualquiera de ellos se libre de un tirano, inclinando después su orgullosa cerviz a los pies de otro señor.

Portugal ama la libertad como España la ama; pero todo su anhelo consiste en desterrar para siempre la raza vivorezna de los reyes e implantar el gobierno del pueblo, la democracia en el poder, la salud de la nación con la república.

Portugal, como España, quiere ser autónomo, quiere ser independiente dentro de la unidad, quiere reconquistarse su soberanía, robusteciéndose la de la Iberia y respetándose mutuamente como cualquiera otro estado de la República ibérica.

No siendo así, ni España ni Portugal quieren la unidad. Portugal será un reino, España será otro; los pueblos seguirán amándose, los tronos seguirán aborreciéndose, hasta que llegue el día de la redención social y se verifique entre ambos el pacto de la federación fraternal, que ha de enlazar en los siglos venideros a todos los pueblos del universo.

La sociedad es una sola familia: la locomotora del progreso marcha sin cesar.

La China permanece inmóvil bajo la impresión de un estado que todo lo absorbe; la India bajo las inflexibles leyes de los Vedas; los turcos marchan errantes dentro del Asia; la Prusia ve recientemente convertirse en emperador orgulloso al que sólo fue rey de un humilde Estado; pero en cambio Roma y Grecia dieron libertad al pensamiento y la razón, y llevaron a las escuelas públicas la ciencia aprisionada de los templos.

La teocracia ha muerto al soplo vengador de la justicia por Mentana y Aspromonte; los cetros absolutos cayeron en Nápoles, en Querétaro, en Alcolea, en Sedán; los honrados obreros se abrazan desde las regiones más remotas en señal de alianza contra los tiranos; la fraternidad se extiende, las ideas fanáticas y el antagonismo de los pueblos concluyen, porque van concluyendo sus causas, y rota la barrera de las castas, el género humano se regenera, y desde Oriente hasta Occidente, y desde Sur a Septentrión, el mundo será algún día una sola sociedad y una sola familia, dentro del gran sistema moral de la fraternidad humana, en la república federal universal.

Jesús Lozano
Cárcel del Saladero, a 1° de diciembre de 1870

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