Baudelaire tenía razón: es necesario vivir siempre ebrios

Deberíamos estar siempre ebrios. Eso es todo. No hay otro dilema. Para no sentir la terrible carga del Tiempo que nos destroza la espalda hasta hacernos besar el suelo, es necesario embriagarnos sin tregua.
¿De qué? ¡De vino, de poesía, de virtud! ¡De lo que quieras! ¡Pero embriágate!

Y si en cualquier momento, en la escalera de un palacio, sobre la hierba fresca o en la soledad cerrada de tu habitación te das cuenta de pronto que la embriaguez cede o está por disiparse, pregunta al viento, a las olas, a la estrella, a las aves, al reloj, a todo aquello que huye, a todo aquello que gime, todo lo que gira, lo que canta, lo que habla: pregunta a todos qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, las aves, el reloj, te responderán “¡Es hora de embriagarse! Para dejar de ser esclavos martirizados del Tiempo, ¡embriágate! ¡Embriágate sin cesar! De vino, de poesía, de virtud… de lo que quieras.”

Charles Baudelaiere fue un poeta parisino del siglo XIX. La principal inspiración de sus letras fue el «spleen». Fue un descarriado hijo de la literatura que marcó el comienzo de una nueva clase de escritores, que más tarde, el mundo conocería como «Los poetas malditos».

Para ser prácticos, el spleen se traduciría al español como tedio, aburrimiento o hastío… Sin embargo, la definición más exacta sería la siguiente: un estado de melancolía sin causa definida. Un sentimiento que el «Rey de los poetas» como lo denominó Rimbaud, transmitió en incontables poesías en formas obvias y otras tantas sutiles.

Sin haber probado la gloria, a los 46 años, la vida de Baudelaire terminó como la de muchos grandes escritores, en la pobreza, con una muerte discreta y silenciosa.

¿A qué se refería Baudelaire cuando aconsejó la ebriedad como forma de vida?

 

¿Qué hace de Baudelaire un gran poeta?
 Entre otros motivos, señalemos ahora uno: la capacidad de su poesía para, aún hoy, conmovernos. Dicho esto no sólo en un sentido emocional, sino profundo.

Baudelaire tuvo una mirada suficientemente aguda para ver los conflictos derivados de una forma de vida que, paradójicamente, es no-vida.

Con el tiempo y por la hegemonía de esa forma de vivir hemos olvidado, como lo señaló Baudelaire en varios momentos de su obra, que la vida auténtica es múltiple, diversa, hecha de contrarios y también de absurdos, vasta y que, por eso mismo, porque es un flujo que no se detiene ni admite definiciones absolutas e imperturbables, imponerle barreras y contenciones sólo termina por ahogar la vida, por sofocarla y marchitarla.

En el poema, procedente de El spleen de París, Baudelaire habla de la embriaguez e incluso de la embriaguez del vino, pero ésta es también figurada. En el fondo, Baudelaire nos está invitando a embriagarnos de vida, a beberla, respirarla, nadar en ella, dejar que nos colme y nos desborde. Eso es la embriaguez: un exceso.

 ¿No es entonces maravillosa la proposición del poeta?

Acaso deberíamos escucharlo y vivir esta vida hasta la embriaguez, con intensidad, paladeando todos y cada uno de sus sabores, sintiendo cómo la vida recorre morosamente cada uno de nuestros sentidos, cómo acaricia nuestra conciencia y nos deja siempre más vivos de lo que estábamos apenas el instante anterior.

Baudelaire tenía razón: es necesario vivir siempre ebrios. Leido en PijamaSurf

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